Nota editorial breu — Punto y seguido és una peça de ficció. No és un testimoni ni un relat autobiogràfic, tot i que com tota ficció parteix d’alguna cosa real: en aquest cas, no una experiència personal sinó una mirada lúcida del que les xarxes socials fan amb la solitud de qui en depèn. El text segueix un home a la cinquantena que ha interioritzat el suïcidi com a recurs i que aquell matí, en una andana, ha decidit fer-lo servir. El que el reté no és una conversa, ni un record, ni una raó: és una notificació d’Instagram. El text no descriu l’addicció. La reprodueix. (Text en castellà, conservat sense traducció seguint el criteri editorial de la secció.) .
En Xarxa 01

Punto y seguido

Solo necesitaba que alguien me dijese que sí.

Por colgar fotos y vídeos que generen cuantos más “me gusta” mejor, la gente está dispuesta a todo, incluido jugarse la vida haciendo equilibrios. Solo entre el 2011 y el 2017 en el mundo hubo 259 muertos por hacerse una “selfi”, cuatro de ellos en España.

Se habla mucho sobre el tema, quizá demasiado. La necesidad de llenar páginas ya sea en papel o en internet acaba por vulgarizar asuntos que, teniendo su importancia, planteados superficialmente pierden trascendencia.

En los últimos tiempos he leído varios artículos al respecto e incluso hace unos días, por la radio, oí a dos especialistas debatiendo sobre ello. El tema al que me refiero es al lio de las redes sociales, los “likes”, (o sea los “me gusta”) del Facebook, Instagram y similares, y el cómo los/las adolescentes, (pareciera que son los únicos que se dejan manipular), son capaces de hacer cualquier cosa por conseguir acumular unos cuantos más.

En estos tiempos, hombre o mujer, joven o viejo, no eres nadie si no demuestras que vives rodeado de glamour  y sofisticación, que comes delicatessen, que están a punto de contratarte como supermodelo y que nadie lo pasa mejor que tú.

Cuando se habla de noticias falsas solo se piensa en las mentiras elaboradas para la prensa y los medios de comunicación por intereses políticos, pareciera que no cuentan las mentiras con las que día a día edificamos nuestra imagen pública y que acaban constituyendo en muchos casos incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos. El tema debe de estar empezando a degenerar y a ser preocupante cuando hasta alguna operadora de telefonía ha creado  un vídeo de denuncia al respecto.

Pareciera que todo se acelera y que la tecnología nos desborda, nos hacemos adictos a las teclas en sus múltiples formas, pero ciertas cosas siguen moviéndose lenta y parsimoniosamente. Tenemos nuevas herramientas, pero nuestros traumas, nuestras esperanzas y nuestros miedos, siguen siendo los mismos sobre los que escribieron en su día Shakespeare y los griegos.

En el Instagram yo ya había alcanzado una especie de velocidad de crucero. Iba publicando fotos, día sí, día no, y tras cada publicación, accedía impaciente a la espera de ver su “me gusta”. Hay un uso cuantitativo de los “me gusta”, cuantos más mejor, pero hay otro uso más sibilino, digamos que cualitativo, donde lo que buscas es “EL” “me gusta”, solo uno, el de la persona a quien le dedicas la foto. Y no sería la misma historia si cada foto se la dedicaras a una persona distinta, que si todas tus publicaciones van orientadas a la misma persona.

Aparqué en el descampado a unos cien metros de la estación y eché a andar. Llegaba con tiempo.  Esa noche había llovido y estaba todo empapado, a pesar del sol que lucía hacía frío.

Como de habitual, había dudado hasta el último minuto si bajar a la ciudad en el coche o en el tren y al final había optado por este último. Está claro que me salía más económico y era más relajado, aunque también tenía sus inconvenientes y uno de ellos era no escuchar música.

Hay días en que escuchar música  te permite sobrevivir mejor. Eso lo he descubierto con los años, y esos días, son clasificables en varias tipologías. Hay días Leonard Cohen o Fauré y días Ella Fitzgerald o Gloria Gaynor, días Lisa Ekdahl o días Rihanna.

Y sí, ya sé que podría escuchar música con el teléfono o cualquier otro artefacto, pero el tren es para leer. Es como más doméstico. Pierdes cierta emocionalidad y adrenalina respecto al coche pero ganas confort mental y rutina.  Condensar todo ello en una relación no es fácil. Yo solo recuerdo vagamente haber experimentado algo parecido en mi adolescencia oficial, una etapa de la que no guardo un recuerdo amable. Para colmo, aún hoy he de asumir que ciertos rasgos de la misma, más de los deseables y justo no los más positivos, aún perduran.

Una vez en el andén miré el reloj. Faltaban nueve minutos aún  para que llegase el tren. Otras veces sacaba mi libro electrónico y me sentaba a leer, pero estaban el frío y el desánimo que arrastraba hacía días y que se me había agudizado esa mañana. No me apetecía.

Pensé en por qué lado del andén me tocaría bajar y entonces volvió a aparecer la idea.

La última vez la archivé con todos los cálculos hechos, ya no tendría más excusas, cuando volviese a hacerse acuciante solo tendría que aplicarla y aquella mañana  no se me ocurrió ningún argumento para descartarla.

Así que dejé de lado mis cábalas al respecto de por donde debería salir y me encaminé hacia la izquierda, el lado por el que entraría el tren.

Llegué al extremo del andén. Las vías se alejaban girando en suave pendiente hacia la derecha hasta desaparecer en la curva y desde que aparecía el tren hasta que alcanzaba el inicio del andén pasaban unos ocho segundos. Se hacía anunciar bastante antes. Su ronroneo se percibía con más de un minuto de antelación e iba haciéndose más presente hasta que se materializaba sobre las vías. Entraba ya frenando imagino, pero a una velocidad bastante respetable porque le quedaba tramo hasta llegar al final del andén.  Cuatro ruedas por vagón, cuatro vagones, dieciséis ruedas en línea a cada lado del tren.  Total no hacía falta más que una.

No dejaba de ser irónico haber llegado a este planteamiento porque de pequeño siempre me habían gustado los trenes eléctricos. Recuerdo haber tenido uno con tres vagones de lata, a pilas, que rodaba en un círculo perfecto, pero con el tiempo pasé a querer otra cosa, me encantaba pasear cerca de aquella tienda de maquetas donde tenían trenes eléctricos de los de verdad, reproducciones como mínimo escala “N”.

Siguen encantándome aún hoy y cuando paso por alguna tienda con trenes y maquetas no puedo evitar parar y embobarme. Imagino que quizá, entre otras cosas, por todo el deseo contenido, (el deseo contenido es algo capaz de generar universos paralelos, donde vas estructurando una realidad que no será, y en cuyo nombre se edifican reproches y renuncias). Al final, tras una dura negociación, sacrificando varios regalos venideros,  acabé consiguiendo uno. No sobraba el dinero en casa.

Visto ahora en perspectiva he de reconocer que el “miniaturismo”, lo de las maquetas y las reproducciones a escala, me generan un cierto malestar. Es un mundo que, si lo tomas demasiado en serio, se me antoja que puede convertirse en un tanto obsesivo, enfermizo, el culmen de la necesidad de control, de ser uno amo y señor de  pequeñas reproducciones manejables fácilmente para crear ese mundo paralelo que podrás poseer de forma virtual, pero que no poseerás jamás en la realidad. Algo parecido a los álbumes de cromos y la pornografía.

Sobrepasando la cincuentena no queda otra que hacer un cierto balance y cuando este no sale positivo, o mejor dicho, cuando el balance es continuadamente negativo,  surgen ciertas preguntas.  Todo depende de cómo es uno, de cómo vive el día a día del trabajo, la  familia,  las obligaciones y las responsabilidades, si le motiva mucho el futbol o el alcohol, pero con la edad, o bien uno se fosiliza o acaba perdiendo el miedo y el respeto. En cualquier caso se acaba asumiendo que no hay control que valga, cuando sopla el viento no queda otra que resguardarse o dejarse llevar.  

No sé aún como me atreví a hablarle, pero lo hice. Cada semana, antes de pasar a la reunión con el equipo, paraba a tomar el café. No acostumbraba a hacerlo pero cada vez que lo hacía, sus ojos me decían que sí. O quizá solo necesitaba que me dijesen que sí. Lo cierto es que yo, poco hablador, acabé interesándome por ella y contándole de mí. Semana a semana, creo que conseguí que ese café, nos hiciese ilusión a los dos. O quizá solo necesitaba que nos hiciese ilusión. Lo cierto es que acabamos hablando de música y de cine, de libros y de restaurantes, y un día, sin tener claro como,  compartimos correo e Instagram. Curiosamente, ninguno de los dos tenía más cosas virtuales para compartir, y las otras, las físicas, aunque lo intenté, no entraban dentro de sus planes.

Había deducido una aproximación a sus horarios en Instagram, seguro que cualquier adolescente algo psicótico sabe más y mejor que yo como seguir los pasos de alguien por internet, a mí me había costado un tanto, pero al final  algo había conseguido.

Instagram no da muchas opciones para espiar los hábitos de la gente, y aunque hay aplicaciones para saber quién te visita y cosas así,  si la cuenta es pública, o si aún siendo privada, tienes acceso como seguidor, algunas cosas se pueden averiguar. Sabes cuando está en línea la otra persona, hasta hace poco podías saber que otras fotos le gustaban, a qué horas hacía clics a los “me gusta”…

Lo habitual era que en aproximadamente un par horas hubiese visto mi publicación, aunque en ocasiones se alargaba. Alguna vez me había acostado consciente de que ella ya dormía y que no había visto mi foto. Pero en esas ocasiones siempre me angustiaba, me quedaba la duda de si había decidido ignorarme. Esta mañana hacía tres días de mi última publicación, y seguía esperando. La anterior tampoco la había visto, o si lo había hecho no había demostrado interés y no le había dado al “me gusta”. Muy pocas veces había pasado que se perdiese una foto.  Y nunca dos seguidas.

Esos “me gusta” eran el único (y el último) punto de conexión que me quedaba con ella.  Y ella era ya la única esperanza (remota ya) de retomar el contacto con alguien y sentir otra vez el cálido contacto de una piel.

Cabía la posibilidad de que un día no le gustase mi foto, de que estuviese dando clics al corazoncito por rutina, que no le importase ni yo ni mis fotos, sabía que podía ponerse enferma, podía quedarse sin teléfono, o simplemente un día dejaría de jugar con el Instagram.

No obstante,  había descubierto que “le gustaban” muy pocas fotos y  lo cierto es que no dejaba de pinchar en mis imágenes, así que a veces me había cuestionado incluso si lo usaba solo básicamente para ver mis fotos o si realmente no le gustaban mis fotos pero les daba el “me gusta” por quedar bien conmigo. La espera era una tortura pero haber descubierto que estaban gustándole otras fotos y no la mía hubiese sido peor.

Ahora, que mis visitas se habían espaciado,  el café semanal se había convertido casi en bimensual,  en mi más profundo interior lo sabía, pero no quería saberlo. Aquel era un camino de una sola dirección. No iba a haber retorno. Yo ya no tenía fuerzas para presionar más,  además, hay cosas que cuando se obtienen por fuerza, por lastima o por aburrimiento pierden todo su valor. Había jugado mis cartas y había perdido. La impotencia  de estar a merced de los elementos, de que para alcanzar alguna meta solo puedas sentarte a esperar,  y que no tienes capacidad de hacer nada más, deja una sensación  amarga.

Ese “Les gusta a “ y su nombre eran como la caricia que mendiga un perro abandonado, no le vas a adoptar, ni siquiera le darás de comer, pero ese gesto, esa caricia, refleja en sus ojos el tremendo alivio que le genera.

Y lo cierto es que su ausencia me enfrentaba a la cruda situación, para ser sincero, en mis momentos de lucidez, era consciente de que el hecho de que no ver su “me gusta” tristemente tampoco tenía demasiada importancia. Estaba solo, no podía compartir mis anhelos ni mis angustias con nadie, y que ella mirase esas fotos y pulsase esos “me gusta” podía ser solo un espejismo pero que me permitía cerrar los ojos un par de días más sin enfrentarme a la realidad.  A una realidad que con el tiempo se me estaba haciendo cada vez más inmanejable.  

Tener interiorizada la opción era tener un comodín. Yo decidía cuando no quería soportarlo más, cuando descansaría. Siempre puedes pensar que se puede aguantar un día más y que mañana ya lo discutiremos, como cuando dejé de fumar, que iba posponiendo las ganas de un cigarrillo para el día siguiente, pero con el tabaco cada día que pasaba era una victoria, en cambio la vida a veces convierte cada día en una derrota.

Me daba un poco de reparo saltar, pero por momentos la angustia, la presión y la asfixia eran tan insoportables, que veía ese momento como una autentica liberación. Hacerlo por el extremo del andén aseguraba que el convoy no tendría tiempo de frenar y que podía hacerse todo bastante limpiamente. Saltar, tumbarse y dejar el cuello sobre el raíl mirando al tren requería según mis cálculos un máximo de 3 segundos y un poco de sangre fría. El cerebro nos juega malas pasadas y sería preciso cerrar los ojos para evitar que el instinto de supervivencia acabase jodiendo el invento en el último momento. Todo debía ser ver el tren y empezar a contar para,  entre el tres y el cuatro, saltar.

Se me generaba una cierta mala conciencia por el mal rato que iban a pasar el conductor del tren y los usuarios del andén, aunque  pensar que probablemente un buen porcentaje sacaría rápido el móvil para intentar plasmar toda la sangre posible,  relajaba mi conciencia por el lío que se iba a montar y consideraba que el retraso y el cabreo serían justo castigo para los adictos al móvil.

Había valorado alternativas, pero todas eran  más complicadas. No quería que nadie me encontrara en casa al volver del trabajo. Es más limpia una llamada. Además, muchos de los métodos dan opción a arrepentirse una vez tomada la decisión, y puede pasar también que alguien decida por ti y te frustren el intento. Las posibles secuelas de dejar el tema a medias no eran una opción.  Aquí, con el tren,  no sería como en Japón, donde la familia de los suicidas tienen que hacerse cargo de todos los costes (el equivalente a unos treinta mil euros).

Lo limpio sería una pastilla al ir a dormir y no despertar, pero para eso había que investigar demasiado. El producto,  el proveedor, evitar estafas, garantizar la calidad, esquivar los temas legales. Tor y un apartado de correo temporal podían ser una alternativa, pero demasiado complicado.

El murmullo del tren empezó a oírse justo cuando vibró el teléfono. Era un mensaje de Whatsapp de uno de los grupos de clase que no me molesté en abrir, pero con el móvil en la mano mecánicamente pulsé sobre el Instagram.

Instagram no vibra, y siempre tarda unos pocos segundos en actualizarse, cuando lo hizo, el puntito rojo bajo el corazón indicaba que alguien había pulsado sobre alguna foto.

Mi primera intención fue no abrirlo, nunca había llegado tan lejos en mi decisión y aunque ello me  asustaba por un lado, por otro me daba una extraña sensación de confianza. Esta vez, estaba llegando al final no por haber alcanzado el grado de saturación, ni por algún incidente en caliente, sino que era en parte simplemente indolencia, falta de estímulos para acumular más días, porque la rendición era la única salida coherente.

Pero el puntito rojo seguía ahí y pulse el corazoncito y sí, allí estaba su nombre. La imaginé contemplando el teléfono, sus rizos, sus manos pegadas al pecho sujetándolo, mi corazón se aceleró, saber que alguien, en algún sitio, está justo en ese momento pensando en ti, que está contemplando algo que tú has hecho pensando en ella, que se molesta, o quizá incluso se ilusiona,  en pulsar una tecla para hacerte llegar sus sentimientos, crea una extraña complicidad. Una conexión que proporciona una sensación de paz. De repente, todo está bien, importas a alguien ahí fuera, y por unos minutos va a dar igual si ese alguien está accediendo cada poco al Instagram para comprobar si has publicado algo nuevo o si simplemente ha pasado por el programa de forma rutinaria, sin conciencia de porqué, y ha pulsado sin más, sin dedicarte más que unos pocos segundos de su atención ignorante de las consecuencias de su acto. Por unos momentos, imaginarás su sonrisa, desearás sus labios, y fantasearás mil formas posibles de hacer más real ese espacio compartido alrededor de una publicación.

Somos egoístas por naturaleza  hasta en esto, las razones profundas de su motivación no importaban, lo crítico era como yo iba a interpretarlas, que decidiría creer. 

Es como cuando sientes que alguien te ha hecho daño. Poco importa que ese alguien lo haya hecho a propósito o sin querer, que haya sido consciente de tu dolor o que ni tan siquiera lo haya advertido, que intuya que quizá te ha sentado algo mal o que esté convencido de que le vas a agradecer lo que acaba de hacer por ti. Lo real en tu mente es tu dolor, y  verás al otro a través de ese dolor, y ajustarás tu relación con el otro según como interpretes su acción. En tus sentimientos y en tus actos, sus razones no importan, solo cómo tú vas a interpretarlas. Existe “su” verdad y la tuya pero en realidad la suya no contará, y entonces, creerás que “tu” verdad es “la” verdad.

No parecía una decisión, pero lo fue, quizá inconscientemente pero quise creer que le importaba, y eso me haría sentir capaz de tirar adelante. Nunca sabré “la” verdad, será una cuestión de fe y deberé tomar partido, e inestable como es uno, correr el riesgo de que convencido un día de que no es consciente de mi existencia ni de mis sentimientos,  una decisión pueda suponer el punto y  final a la partida y sus consecuencias no sean reconducibles.

La puerta se había abierto a poco menos de  2 metros y la gente estaba entrando apresuradamente,  me metí el teléfono en el bolsillo y eche a andar, era la última puerta del último vagón, tendría que compartir espacio con algún ciclista y me quedaría sin sentarme. Pero yo estaba ya pensando en qué iba a publicar a continuación, hoy mejor ya no, o quizá sí, en el tren vuelta, no sé, tampoco debía tentar la suerte, podía esperar uno o dos días antes de empezar otra vez a angustiarme por no ver su “me gusta”.